Masturbación compartida entre hombres: beneficios, miedos y consejos prácticos

La masturbación compartida entre hombres tiene algo que a mucha gente le cuesta reconocer en voz alta: puede ser una práctica muy simple y, a la vez, muy potente. No porque sea exótica ni porque haga falta convertirla en una fantasía de película, sino porque pone a dos personas delante de algo muy básico: el deseo, la vergüenza, el cuerpo real y la forma en la que cada uno se deja ver. Y ahí es donde la cosa deja de ir solo de correrse. Empieza a ir también de confianza, de intimidad y de cómo se negocia el placer sin postureo.

A mucha gente le atrae la idea, pero se frena por dentro antes siquiera de probarla. Hay miedo a sentirse observado, a compararse, a pensar que uno lo hace “raro”, a interpretar mal el deseo del otro o a comerse la cabeza con si esto significa que la relación se enfría, se transforma o ya no va por donde iba. Todo eso aparece en testimonios, en artículos divulgativos y en consultas sobre deseo y pareja: la angustia rara vez nace del gesto en sí, sino de lo que cada uno proyecta sobre ese gesto.

Lo interesante es que, precisamente por eso, cuando se vive bien, la masturbación compartida puede servir para algo que muchas prácticas sexuales no siempre consiguen: quitar ruido. Menos teatro. Menos presión por demostrar. Menos obligación de rendir. Más espacio para observar, comunicar y entender cómo se enciende el otro de verdad.

No hace falta venderla como si fuera una solución universal ni como si fuese la llave maestra de la intimidad masculina. No lo es. Pero sí puede ser una vía muy válida para explorar confianza, deseo y complicidad entre hombres cuando hay ganas reales, límites claros y un contexto donde nadie sienta que tiene que actuar para aprobar ningún examen.

Masturbación compartida entre hombres: por qué al principio da corte

Lo primero que corta el rollo no suele ser la práctica. Suele ser la cabeza. La masturbación compartida pone encima de la mesa algo que mucha gente lleva fatal: sentirse visto sin la cobertura de un guion sexual más clásico. Cuando no hay tanta coreografía ni tanta distracción, aparece una sensación muy nítida: “me están viendo de verdad”. Y eso, para muchos hombres, activa vergüenza corporal, comparación y miedo al juicio.

Vergüenza corporal no significa solo pensar que tu cuerpo no está “a la altura”. También puede significar incomodidad con cómo te excitas, con tus tiempos, con tus gestos, con la manera en que respiras, con el ritmo que necesitas o con lo fácil —o difícil— que te resulta llegar. En varios materiales de investigación rescatados aparece esta idea de fondo: el problema no es la masturbación compartida en sí, sino la exposición que implica. No todo el mundo está preparado de primeras para mostrarse sin filtros en un terreno tan íntimo.

A eso se suma la comparación. Si el otro se pone más rápido cachondo, si aguanta más, si gime más, si parece más seguro, si necesita menos estímulo o si simplemente se mueve con otra soltura, la cabeza puede empezar a sacar conclusiones absurdas en segundos. “Lo estoy haciendo mal”, “seguro que le parezco soso”, “él está mucho más suelto que yo”, “yo debería estar disfrutando más”. Ese tipo de diálogo interno mata más deseo que cualquier técnica torpe.

Luego está el miedo emocional: “si a mi pareja le mola esto, ¿es que ya no le pongo?”, “si prefiere masturbarse conmigo en vez de follar, ¿algo falla?”, “si quiere probar esto en un entorno más abierto, ¿me estoy quedando corto?”. Este tipo de dudas no nacen solo de la sexualidad, sino de la inseguridad afectiva y de lo mal acostumbrados que estamos a interpretar cualquier cambio erótico como una amenaza.

La realidad es menos dramática. En muchos casos, la masturbación compartida no sustituye nada: añade otra capa. Puede ser juego, puede ser exploración, puede ser transición, puede ser una manera de reconectar o simplemente una práctica que apetece porque sí. El problema llega cuando se vive como prueba de valor personal o como termómetro absoluto del deseo. Ahí ya no estás compartiendo placer; estás gestionando ansiedad en directo.

Por eso, antes de hablar de beneficios, hay que reconocer este primer muro: da corte porque te saca de la fantasía abstracta y te mete en el terreno de la vulnerabilidad. Y esa vulnerabilidad, si no se entiende, se vive como amenaza. Si se entiende bien, en cambio, puede convertirse en el punto exacto donde empieza la intimidad de verdad.

Beneficios de la masturbación compartida: confianza, intimidad y comunicación

Si el primer muro suele ser la vergüenza, lo que viene después puede ser justo lo contrario: alivio. En el momento en que baja un poco la tensión y nadie siente que está siendo examinado, la masturbación compartida abre un terreno muy útil para la intimidad. No una intimidad grandilocuente ni de frase bonita, sino una intimidad real, corporal, directa. La de ver al otro sin máscara, sin una coreografía obligatoria y sin tanta necesidad de “hacerlo bien” de cara a la galería.

Aquí aparece una de las ideas más valiosas que salen del research: el feedback directo. Muchas veces hablamos de comunicación sexual como si consistiera solo en sentarse a verbalizar deseos de forma impecable. Ojalá fuera tan fácil. La realidad es que hay muchísimas cosas que la gente no sabe explicar bien con palabras, pero sí puede mostrar en un contexto seguro. El ritmo exacto, la presión, la forma de tocarse, los tiempos de excitación, los momentos en los que conviene aflojar o insistir… todo eso se vuelve mucho más claro cuando se comparte desde la experiencia y no desde la teoría.

Por eso la masturbación compartida puede convertirse en una herramienta de aprendizaje mutuo muy potente. No porque uno esté “enseñando” al otro como si fuese una clase, sino porque de repente se hace visible algo que casi siempre estaba oculto. Ver cómo disfruta la otra persona, cómo se concentra, cómo cambia la respiración o qué le excita de verdad puede dar más información útil que una conversación de media hora llena de vergüenza y rodeos.

Y ahí entra la confianza. No la confianza abstracta de “nos queremos mucho” o “nos llevamos bien”, sino otra más carnal y más concreta: la sensación de que puedes estar delante del otro siendo tú, con tu cuerpo real y tu deseo real, sin tener que actuar. Eso tiene mucho peso porque a muchos hombres les cuesta muchísimo mostrarse vulnerables en sexualidad si no hay un guion bastante armado. Cuando ese guion se afloja, al principio hay nervio, sí, pero también puede aparecer una conexión mucho más honesta.

La vulnerabilidad compartida juega un papel clave. Cuando dos personas se permiten estar en una situación así sin usar la exposición del otro como arma, sin ridiculizar, sin presionar y sin convertir cada gesto en un juicio, lo que crece no es solo el morbo. Crece la tranquilidad. Y la tranquilidad es una base brutal para el deseo. No siempre se dice, pero mucha gente se excita mejor cuando deja de sentirse observada con lupa.

Otro punto fuerte es la negociación de límites. Bien vivida, esta práctica no va de invadir ni de llevar al otro por delante. Va de leer, calibrar, proponer y ajustar. Eso hace que la comunicación deje de ser una cosa decorativa y se convierta en una herramienta erótica de verdad. Un “así sí”, un “espera”, un “más despacio”, un “mírame”, un “déjame ir a mi ritmo” pueden hacer más por la intimidad que muchas escenas de sexo mucho más espectaculares y mucho menos conectadas.

Y aquí está la transición natural con el bloque anterior: lo que primero daba corte puede acabar siendo precisamente lo que más una. Porque cuando sobrevives al miedo inicial y descubres que no pasa nada por mostrarte, muchas veces te llevas una sorpresa potente. El espacio donde pensabas que te iban a juzgar se convierte en el lugar donde por fin no tienes que fingir tanto. Y eso, para la confianza y la intimidad, vale oro.

Menos presión sexual: otro beneficio real de masturbarse juntos

Hay un beneficio de la masturbación compartida del que se habla menos de lo que se debería: la caída de la presión por rendir. Y eso, para mucha gente, no es un detalle; es media vida sexual. Hay hombres que llegan al encuentro erótico con una mochila enorme encima: aguantar, excitarse rápido pero no demasiado, mantener erección, no correrse antes de tiempo, correrse en el momento “correcto”, responder al ritmo del otro y salir de ahí con sensación de aprobado. Es agotador. A veces tanto, que el placer queda sepultado debajo de la vigilancia.

La masturbación compartida puede cortar bastante esa dinámica porque cambia el centro del encuentro. El foco deja de estar en cumplir un guion sexual rígido y pasa a estar en compartir excitación y placer sin que todo dependa de una performance impecable. Eso no significa que desaparezcan de golpe las inseguridades, pero sí que baja la presión de tener que encajar en una secuencia perfecta. Y cuando baja esa presión, el cuerpo suele responder con más libertad.

Esta es una de las claves más valiosas del tema: separar el placer del orgasmo obligatorio. Mucha gente ha aprendido a vivir el sexo como una carrera hacia el final. Si no hay orgasmo, parece que ha faltado algo. Si uno llega antes, parece que ha fastidiado el momento. Si uno tarda más, parece que pone una carga encima del otro. Pero cuando la masturbación compartida se vive bien, aparece una lógica distinta: el encuentro puede ser bueno aunque no todo esté sincronizado. Puede haber deseo, conexión, juego y disfrute sin que el cierre tenga que ser idéntico para ambos.

Eso ayuda especialmente a quienes arrastran ansiedad sexual. Personas que se obsesionan con si aguantan demasiado poco, con si hoy el cuerpo no responde como ayer, con si necesitan más tiempo del que “deberían”, con si les cuesta llegar o con si llegan demasiado rápido cuando hay emoción. En un contexto menos rígido, esas tensiones pueden aflojar. No por milagro, sino porque deja de haber tanta autoobservación hostil. Cuando uno no se siente a examen, muchas veces se relaja lo justo para empezar a disfrutar.

También es importante entender que la masturbación compartida no obliga a que ambos vayan al mismo ritmo. Y esto parece una tontería, pero no lo es. Uno puede estar más encendido y otro necesitar un calentamiento más lento. Uno puede correrse antes y otro preferir alargar. Uno puede incluso no llegar al orgasmo y, aun así, sentir que el encuentro ha sido valioso. Esa flexibilidad le quita bastante veneno a la idea de “fracasar” sexualmente.

Lo que mata el momento casi siempre no es la diferencia de ritmos, sino la interpretación dramática de esa diferencia. Si uno termina antes y automáticamente piensa “ya la he cagado”, o si el otro no llega y lo vive como “seguro que no le he puesto”, vuelve la lógica de la performance. En cambio, si ambos entienden que el placer compartido no se reduce a un marcador final, el encuentro gana naturalidad. Y la naturalidad, en sexualidad, suele ser más afrodisiaca que la perfección.

Otro efecto importante es que esta práctica puede devolverle al deseo una parte de juego que muchas veces se pierde cuando todo se convierte en rendimiento. Si el objetivo ya no es demostrar nada, aparece más margen para observar, para probar, para escuchar y para dejar que el cuerpo marque su ritmo. A veces el deseo sube justo ahí: cuando deja de sentirse presionado por una misión.

Por eso conviene insistir en una idea muy simple: la masturbación compartida no funciona bien cuando se convierte en otra prueba sexual más. Funciona mejor cuando se vive como un espacio donde el placer no tiene que justificarse con una ejecución perfecta. Ahí es donde mucha gente descubre algo importante: que cuanto menos intenta rendir, más fácil le resulta disfrutar. Y que, a veces, compartir sin presión une más que cualquier performance brillante pero vacía.

Cómo practicar la masturbación compartida entre hombres sin cortar el rollo

Vale, muy bien: ya hemos hablado de miedos, de confianza y de quitar presión. Pero al final la pregunta práctica es otra: ¿cómo se propone esto sin que suene raro y cómo se vive sin convertirlo en una escena torpe? Aquí es donde hace falta bajar del concepto al terreno. Porque muchas experiencias no salen mal por la idea en sí, sino por la falta de tacto con la que se plantean.

Lo primero es el cómo proponerlo. No hace falta soltarlo como si fueras a anunciar una reforma del piso. Tampoco hace falta montar una escena súper solemne. A menudo funciona mejor una propuesta sencilla, honesta y sin dramatismo. Algo del tipo: “me pone la idea de compartirlo contigo”, “me apetece probarlo sin prisa”, “creo que podría ser morboso y a la vez íntimo, si te va”. El tono importa mucho. Si lo planteas como exigencia, examen o ultimátum, generas tensión. Si lo planteas como invitación abierta, dejas espacio para que el otro responda sin sentirse arrinconado.

Y aquí va una regla básica que parece obvia, pero no siempre se respeta: si el otro no lo ve claro, no se empuja. No se insiste. No se intenta vender mejor. No se interpreta como rechazo personal. En sexualidad, la diferencia entre una propuesta excitante y una situación incómoda muchas veces está en la libertad real para decir que no.

Si ambos queréis probar, la mejor forma de empezar suele ser en paralelo. Este punto salió con fuerza en el research y tiene todo el sentido: al principio conviene quitar invasión. Cada uno a su ritmo, compartiendo espacio, mirada, tensión y juego, pero sin meter mano automáticamente como si hubiese que acelerar la escena. Ese comienzo paralelo baja muchísimo la sensación de “me están arrastrando” y permite que el morbo suba con más naturalidad.

Después, si ambos se sienten cómodos, puede aparecer la segunda fase: la interacción. Y aquí no hace falta hacer grandes locuras. A veces basta con mirar, acercarse un poco más, comentar algo, ajustar el ritmo o probar un contacto leve. El error clásico es pensar que, una vez se ha abierto la puerta, hay que cruzarla corriendo. No. Lo que mejor funciona aquí es la lectura fina del momento. Ver si el otro sigue presente, si se relaja, si pide más, si baja ritmo o si necesita volver al terreno anterior.

La tercera fase clave es el feedback. Y esto es oro puro. Nada de actuar como si el otro tuviera que leerte la mente. Nada de fingir entusiasmo por no cortar el ambiente. En la masturbación compartida, el feedback directo no mata el morbo; muchas veces lo mejora. “Así sí”, “más suave”, “espera”, “déjame ir yo”, “mírame”, “me pone más si vas más lento”. Ese tipo de frases hacen dos cosas a la vez: mejoran la experiencia y construyen confianza. Porque cuando ves que puedes hablar claro y el otro lo recibe bien, el cuerpo se relaja mucho más.

También conviene pactar señales de stop o de freno. No hace falta una palabra secreta de película, pero sí una manera clara de parar si algo deja de gustar o empieza a incomodar. Un “paramos”, un gesto claro, un “hasta aquí”, algo que ambos entiendan sin drama. Esto es importante siempre, pero todavía más si el contexto no es íntimo entre dos.

Y aquí entran los entornos colectivos o de club. En el research aparece este matiz y hay que tratarlo con respeto. Si la masturbación compartida ocurre en un club, una sauna, un espacio comunitario o cualquier entorno donde haya más gente alrededor, las reglas de oro se vuelven aún más importantes. Privacidad, consentimiento y lectura del ambiente. No asumir que porque haya morbo colectivo todo vale. No tocar sin acuerdo. No invadir. No exponer al otro de una forma que luego pueda hacerle sentir vendido. No grabar jamás salvo acuerdo explícito clarísimo. Y, sobre todo, tener muy presente que retirarse también es una opción válida en cualquier momento.

En esos espacios, una señal de stop o una forma clara de salir de la situación sin quedar atrapado vale el doble. Porque una cosa es el juego y otra muy distinta es la presión ambiental. Si el otro está más pendiente de aguantar por no cortar el rollo que de disfrutar, el contexto ya se ha torcido.

Por eso, si quieres una guía sencilla, sería esta: proponlo con naturalidad, empieza sin invadir, escucha más de lo que presupones, usa feedback claro y protege el derecho de ambos a parar sin drama. Así de simple y así de importante. La masturbación compartida no necesita grandes técnicas secretas. Necesita presencia, lectura del otro y cero ansia por hacer un numerazo. Cuando eso se entiende, deja de ser una escena rara y empieza a convertirse en una experiencia íntima de verdad.

Lo que no conviene exagerar sobre la masturbación compartida

Aquí toca poner freno, y es bueno hacerlo. Porque una cosa es hablar de una práctica que puede ser íntima, útil y placentera, y otra muy distinta es inflarla como si fuera la solución definitiva para cualquier problema sexual o de pareja. Si queremos escribir con autoridad de verdad, hay que decirlo claro: la masturbación compartida puede aportar mucho, pero no es una cura mágica ni un atajo universal.

Lo primero que conviene tener presente es el tipo de evidencia que tenemos. En este tema hay testimonios, artículos divulgativos, piezas especializadas en sexualidad y reflexiones comunitarias muy útiles. Todo eso sirve para detectar patrones: mejora de la comunicación, reducción de presión, sensación de intimidad, utilidad para explorar límites y deseos. Pero una cosa es detectar patrones razonables y otra venderlos como si fueran una ley científica cerrada para todos los hombres del mundo.

Ese es el primer límite serio: no existe una base masiva de estudios centrados específicamente en la masturbación compartida entre hombres que permita prometer resultados universales y medibles en todos los casos. Hay material valioso, sí. Hay pistas útiles, también. Pero si quisiéramos afirmar que esta práctica garantiza más confianza, mejor deseo o una intimidad superior en cualquier relación, estaríamos vendiendo más seguridad de la que realmente tenemos.

El segundo límite tiene que ver con la pareja o con el vínculo. La masturbación compartida no es una cura del deseo bajo, ni un parche automático para una relación tocada, ni una llave secreta que arregla distancia emocional, resentimiento o rutina. Puede ayudar a que dos personas hablen mejor, se observen con menos presión y se entiendan más. Puede desbloquear cosas. Pero si debajo hay problemas serios de confianza, comunicación rota, trauma, compulsividad, vergüenza enquistada o desconexión fuerte, esta práctica no arregla por sí sola todo eso.

Tampoco conviene caer en el otro extremo y venderla como si fuera la forma sexual “más sincera” o “más pura” de todas. No hace falta entrar en competiciones de autenticidad. Para unos puede ser liberadora. Para otros, demasiado expuesta. Para unos puede abrir intimidad real. Para otros puede quedarse en un juego puntual sin mayor trascendencia. El valor de la experiencia depende muchísimo del contexto, del tipo de vínculo, del estado emocional de cada uno y del momento concreto.

Otro terreno donde conviene ser honestos es el biológico. A veces, cuando se habla de intimidad sexual, aparece la tentación de adornarlo todo con hormonas, química del vínculo y frases de laboratorio para que suene más sólido. Si no hay fuente primaria y específica para una afirmación concreta, mejor no hacerlo. Decir que una práctica puede reforzar la confianza porque facilita vulnerabilidad y comunicación es razonable. Afirmar que dispara mecanismos biológicos concretos como si eso estuviera clarísimo para este contexto exacto ya sería otra historia.

También conviene no extrapolar sin cuidado testimonios de entornos muy concretos, como clubes o espacios comunitarios, a toda la población masculina. Esas experiencias aportan mucho porque enseñan matices reales que desde fuera no se ven, pero siguen siendo contextos específicos. Lo que allí se vive con naturalidad no tiene por qué trasladarse igual a una pareja cerrada, a un vínculo nuevo o a alguien que viene de mucha inseguridad.

Si queremos ser brutales en honestidad, la frase final sería esta: la masturbación compartida no es una cura, no es una obligación, no es una prueba de nivel y no es una verdad universal. Es una práctica que puede ser muy valiosa cuando encaja con las ganas, los límites y el momento de quienes la viven. Y justamente por decirlo así de claro, gana credibilidad.

Dudas frecuentes sobre la masturbación compartida

¿Mi pareja me ha dejado de desear o esto solo es rutina disfrazada?

No necesariamente. Esa es una de las conclusiones más rápidas y más dolorosas que se suelen sacar cuando aparece una propuesta sexual nueva. Que tu pareja quiera compartir masturbación contigo no significa, por sí mismo, que haya menos deseo, menos atracción o menos ganas de intimidad. Muchas veces significa otra cosa mucho más simple: que quiere explorar una forma distinta de estar contigo, bajar presión o vivir el erotismo de un modo menos rígido.

El problema es que mucha gente traduce cualquier cambio a lenguaje de amenaza. Si aparece algo nuevo, enseguida piensa que lo anterior ha dejado de funcionar. Pero el deseo real no se mueve así de simple. Una práctica nueva puede sumar sin sustituir. Puede abrir otra capa sin borrar las anteriores.

Dicho eso, tampoco conviene hacerse trampas. Si además de esa propuesta hay frialdad, distancia, evitación del sexo compartido o sensación de rutina enquistada, entonces la pregunta importante no es la práctica en sí, sino el estado general del vínculo. La masturbación compartida no crea el problema por arte de magia; a veces simplemente lo deja más visible.

¿Qué pasa si uno termina antes que el otro o no llega al orgasmo?

Pasa algo bastante normal: que sois dos cuerpos distintos con ritmos distintos. Y cuanto antes se acepte eso, mejor. Uno de los errores más habituales en sexualidad es creer que una experiencia compartida tiene que ir sincronizada al milímetro para ser buena. No es así. En la masturbación compartida puede haber tiempos distintos, intensidades distintas y finales distintos sin que eso convierta el momento en un fracaso.

El problema no suele ser la diferencia de ritmo, sino la película que uno se monta alrededor. Si alguien se corre antes y piensa “ya la he cagado”, o si el otro no llega y se interpreta como falta de deseo o mala ejecución, entra de nuevo la lógica de la performance. Y ahí sí se estropea el momento.

La salida está en cambiar el criterio de éxito. En vez de medir solo el resultado final, conviene mirar si hubo placer, conexión, comodidad y comunicación. Cuando el orgasmo deja de ser el único marcador válido, el encuentro respira mucho más.

¿Es normal sentir vergüenza las primeras veces?

Sí, completamente. De hecho, sería raro que todo el mundo se sintiera comodísimo la primera vez que comparte algo tan íntimo. La masturbación compartida no expone solo el cuerpo: expone también hábitos, ritmos, gestos y formas muy personales de excitarse. Hay gente que lleva bien desnudarse, pero no lleva igual de bien ser observada en algo tan concreto y tan suyo.

La vergüenza aparece porque se caen capas de protección. Ya no estás solo con tu fantasía ni con tu rutina privada. Hay otra persona delante, mirando algo que normalmente queda dentro de tu espacio más personal. Eso puede remover inseguridades con el cuerpo, con la forma de moverse, con la rapidez para excitarse o con la idea de “quedar mal”.

Lo importante es no interpretar esa vergüenza como señal automática de que algo va mal. Muchas veces es simplemente el peaje normal de entrar en terreno nuevo. Si se vive con calma, conversación y libertad para bajar el ritmo, suele ir transformándose. La confianza no nace de una heroicidad repentina; nace de comprobar que puedes mostrarte y seguir estando seguro.

¿Cómo saber si lo estamos viviendo como juego y no como presión?

La pista más clara es bastante sencilla: cuando es juego, ambos pueden respirar. Cuando es presión, uno de los dos empieza a actuar. Si notas que estás intentando quedar bien, acelerando por miedo a decepcionar, aceptando cosas por no romper el ambiente o sintiendo que tienes que cumplir un papel, probablemente ya no estás en una experiencia libre.

En cambio, cuando se está viviendo bien, suele haber margen para hablar, corregir, parar, cambiar de idea e incluso reírse sin drama. Nadie se ofende porque el otro necesite tiempo. Nadie usa el límite del otro como una herida de ego. Nadie convierte un “no así” en un rechazo total.

Ese es el termómetro bueno: libertad, honestidad y capacidad de freno. Si esas tres cosas están presentes, seguramente estáis jugando de verdad. Si una de las partes se siente arrastrada, examinada o empujada a demostrar algo, toca parar y revisar el enfoque antes de seguir.

Fuentes utilizadas

– https://pajasentrecolegas.es/5-lectores-de-tdm-explican-su-apego-por-la-masturbacion-compartida/
– https://pajasentrecolegas.es/por-que-a-algunos-chicos-les-gusta-masturbarse-juntos/
– https://pajasentrecolegas.es/20-formas-para-que-disfrutes-de-la-masturbacion-aun-mas-1-10/
– https://www.joyclub.com/es-mx/magazin/masturbacion_compartida.html
– https://www.proparejas.com/la-masturbacion-mutua-se-vincula-a-una-mayor-satisfaccion-sexual/
– https://egolalavalencia.com/sabias-que/masturbarse-en-pareja-favorece-la-confianza-mutua-blog-sabias-que/
– https://selecciones.com.mx/masturbacion-en-pareja-beneficios-para-la-intimidad-y-el-bienestar/
– https://myhixel.com/es/blogs/sexualidad-y-bienestar/impacto-de-la-masturbacion-en-relaciones
– https://cimcyc.ugr.es/informacion/noticias/masturbation-orgasm-sexual-relationship
– https://cuidateplus.marca.com/sexualidad/pareja/2024/01/07/masturbarse-pareja-practica-mas-saludable-181050.html

1 Kommentar zu “Masturbación compartida entre hombres: beneficios, miedos y consejos prácticos

  1. ¡Vaya artículo más jugoso! 🍆 La masturbación compartida puede sonar a tabú, pero en verdad es como un buen asado entre amigos: hay que saber manejar el fuego y disfrutar del momento. ¿Quién se atreve a dar el primer paso? 🤔🔥 ¡Vamos, que el mundo no se va a masturbar solo! ¿Alguien ya ha probado esta experiencia y tiene alguna anécdota divertida para compartir? 😏

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